Nuco: Del lienzo a la piel
Raúl Dorantes y Febronio Zatarain
Published: February 14, 2011
Cortesía del artista
Durante el pasado festival de arte Pilsen Open Studios de Chicago, descubrimos una galería en la que además se graban tatuajes. El artista y tatuador se llama Nuco. En su obra encontramos iconografía de la lucha libre mexicana así como imágenes del cristianismo permeadas por la técnica del tatuaje moderno. En el ala izquierda del local hay un Cristo bizantino, más allá se encuentra una virgen de Guadalupe y una escultura del Niño Jesús, todos tatuados en alguna parte del cuerpo. Le preguntamos si ha vendido algo en esta edición del Open Studio. Nos responde que sólo dos obras.
—El corazón de este festival está entre la Blue Island y la Ashland; acá llega poca gente.
Empacho en la frontera
En un día de invierno de 1976, Nuco viajaba en el asiento trasero del automóvil de su tío. El padre de Nuco iba de copiloto y su primo hermano, de dos años y seis meses, igual que él, lo acompañaba en el asiento trasero. Las ventanillas iban abiertas y se colaba el viento cálido de Ciudad Juárez. De pronto el auto se detuvo a dos cuadras del puente internacional y los padres acomodaron a los niños en la cajuela. El tío de Nuco sacó dos bolsas abiertas de chicles Motita y se las entregó:
El Nuquillo
Cortesía del artista
—Pueden comerse todos los que quieran; vamos a cerrar la cajuela, y el que no llore se va a ganar esta bolsa de Tootsies.
Media hora después, ya del lado estadounidense, los adultos abrieron la cajuela y de inmediato fueron en busca de un médico, pues el consumo de tanto chicle había empachado a los infantes.
En 1968, Agustín Villanueva, padre de Nuco, ingresó por primera vez a Estados Unidos por esa misma ciudad, pero no por el puente sino por el río y encima de una cámara de llanta. Un año más tarde, la mamá de Nuco, María Luisa Martínez, cruzaría por el puente, también de manera ilegal.
Agustín trabajó de lavaplatos y después en las pizcas de California. En una llamada telefónica un primo lo animó a venirse a Chicago: “aquí la chamba sobra y está bien pagada”.
En el invierno de 1970, Agustín y María Luisa coincidieron en un baile de oriundos. Descubrieron que eran duranguenses y que sus pueblos estaban a pocos kilómetros de distancia: él de Chapala y ella de San José de Morrillitos.
Un año después nació Agustín Jr., hermano mayor de Nuco. Y en el 72 nació Irma. El hecho de tener hijos ciudadanos les permitió solicitar la residencia permanente. Cuando María Luisa salió embarazada por tercera vez, optó por regresar a su pueblo para tener un hijo que fuera cien por ciento mexicano.
Por eso, a sus 28 meses de edad, y pese a que sus padres ya eran residentes legales, José Arnulfo Villanueva, alias Nuco, tuvo que cruzar la frontera como indocumentado en el interior de una cajuela.
—Acá llegamos a vivir a la Ashland y la Ohio, y muy pronto nos mudamos a la Armitage. Lo que más extrañaba de México era comer galletas Marías remojadas en una taza de peltre despostillada y bien llena de leche.
Entre la vaca y la esperanza
En los recuerdos más remotos de Nuco aparece con frecuencia la imagen de una vaca; y el recuerdo que está más al fondo es el de su padre llenando la taza de peltre al estar ordeñándola. La siguiente escena corresponde al momento en que la vaca se escapa; Agustín Jr., ya de cinco años, corre a buscarla, y la madre, desesperada porque ni la vaca ni Agustín Jr. aparecen, deja a Irma y al pequeño Arnulfo sentados en una barda de adobe. Nuco nos dice que aún tiene presente la silueta de su madre desapareciendo entre la niebla y oyendo de vez en cuando los ecos del nombre de su hermano.
Para una familia pobre de mediados del siglo XX, la vaca representaba el buen pan de cada día, y en una familia rural mexicana se compraba una vaca para asegurar el futuro de uno o de varios hijos.
Con el surgimiento del Programa Bracero va brotando en el mundo rural mexicano, además de la vaca, una nueva esperanza: el Otro Lado. Recordemos que desde 1942 —año en que se estableció el Programa— el número de migrantes fue creciendo hasta fijar otra visión de esperanza en el imaginario del campesinado mexicano. La madre de Nuco quería tener un hijo cien por ciento mexicano, y para garantizar el futuro de ese niño era necesario tener por lo menos una vaca. Pero, desde la perspectiva del padre, la vaca que se había perdido en los montes de San José de Morrillitos era una esperanza arcaica; en cambio, la esperanza que habían dejado en el Otro Lado desbordaba de futuro. De ahí que el regreso a Chicago se impusiera en la familia.
De junio de 1976 a septiembre de 1978 Nuco vivió en la Armitage, entre las calles Oakley y Leavitt. En esos dos años en Chicago, la familia de Nuco compartió la casa con tíos y primos del lado paterno. De esa época lo que aún flota en su memoria es un domingo en el comedor de la casa, el tumulto de tíos, tías y primos, y los tamales a la mesa.
Cortesía del artista
Lo extraño del caso de Nuco es que las escenas más vivas son las de su primera época en San José de Morrillitos, de cuando apenas tendría dos años. Los recuerdos de la Armitage se reducen a un domingo en el que está con todos los familiares.
La memoria que tiene un adulto de su infancia es a la vez individual y colectiva. Se hace de sus propios recuerdos y de los que los testigos de su vida le han contado. Y en la familia inmigrante lo lejano tiene más fuerza que lo cercano. Para Nuco la Armitage es su cercanía, y el San José de Morrillitos de sus primeros tres años de vida es su lejanía.
De vuelta a Durango
En 1979, con su condición migratoria ya regularizada, Nuco y sus dos hermanos regresaron a Durango, esta vez a la capital, para vivir con Socorro Calderón, la hermana menor de su abuela materna. De su primer año en Durango lo que más recuerda es la muerte de John Lennon, ya que los hijos de su tía eran adolescentes y les gustaba el rock. Por ellos aprendió a identificar la música de Pink Floyd, Led Zepelin y Queen.
Nuco y sus hermanos vivieron con la tía durante cuatro años. Fue en esta época que empezó a dibujar carros, soles y casitas; lo hacía a lápiz y de vez en cuando con crayolas. Nos dice que todos los miércoles, a la hora del recreo, les pasaban películas de luchadores, tanto del Santo como del Blue Demon, y que le dio por reproducir las imágenes que venían en los carteles publicitarios.
La infancia de Nuco, entre Chicago y Durango
Cortesía del artista
—Mis padres iban cada año y se quedaban tres semanas. Siempre queríamos regresar a Chicago con ellos. A la hora de la despedida, nos prendíamos de la falda de mi madre y le pedíamos que nos llevara con ella. Por fin en 1985 mis padres mandaron el dinero para comprar los boletos. Tomamos el vuelo de Mexicana con la idea de pasar las vacaciones en Chicago y, de ser posible, quedarnos.
Del pastor al profesor
En esta ocasión se establecieron en el barrio La Villita. Casi de inmediato lo inscribieron en la escuela católica Good Shepherd, en la que el profesorado estaba compuesto mayormente por monjas y sacerdotes de origen polaco. La escuela no contaba con ningún programa de educación bilingüe. Los niños entraban directamente a las clases en inglés. Poco a poco Nuco fue odiando la escuela y el barrio, pues su condición de recién llegado provocaba burlas entre los niños de origen mexicano nacidos y criados aquí.
—Lo que más me dolía es que niños que se veían más mexicanos que yo se burlaban diciéndome beaner, bracer o wetback. Yo conocía a los padres de muchos de ellos porque vivíamos en la misma cuadra y algunos eran todavía indocumentados.
Los dos años que estuvo en esa escuela fueron los más difíciles de su vida. El dibujo pasó al olvido y lo que se ubicó en el primer plano fueron las ofensas y los pleitos. Fueron muchas las ocasiones en que le pidió a su mamá que lo devolviera a Durango. “Se querían venir para acá, ¿no? Ahora se aguantan”.
En 1985, jugando en el Piotrosky Park, Nuco conoció a Gerónimo Rodríguez, quien se convertiría en su mejor amigo; ambos dibujaban y eran aficionados al futbol. Gerónimo le sugirió cambiarse a la escuela pública Kanoon, donde había un mejor ambiente para los recién llegados. Nuco convenció a su mamá de que fueran a solicitar su ingreso a la Kanoon.
Desde el primer día Nuco se quedó impresionado porque una de las clases que recibió fue en español, y además el profesor se la pasó hablando de la importancia de la cultura azteca. Lo que en la Good Shepherd era motivo de mofas, en la Kanoon, ante el profesor Alejandro Ferrer, era motivo de encomio tener un rostro que apelara al fenotipo de Cuauhtémoc o de Cuitláhuac.
Cabe decir que una constante de las escuelas monolingües en los barrios hispanos, es que los estudiantes llegan a percibir la lengua del hogar y la cultura que ésta representa como una lengua y una cultura proscritas, como algo que no puede mostrarse de una manera abierta ni en las aulas ni en los corredores ni en los patios del plantel. De ahí los conflictos que se presentan entre los niños mexicoamericanos (que ya hablan inglés) y los recién llegados (que hablan sólo español).
Nuco estudió el séptimo y octavo grados en la Kanoon. A pesar de que en la escuela había pandilleros, nunca se vio involucrado en una bronca. Pronto retomó la práctica del dibujo; y en una ocasión que el profesor Ferrer revisó su cuaderno vio que tenía más bocetos que apuntes; en vez de regañarlo, el profesor organizó un curso en el que Nuco aprendió a pintar al óleo.
—El maestro Ferrer fue el primero que me dijo “dedícate a esto”.
Krudos y tatuados
Nuco estudió la high school en la Farragut. El arte visual quedó en estado latente, pues las pocas clases de arte que ofrecían estaban muy por debajo de lo que él ya sabía hacer.
En la Farragut más bien renació el gusto por el rock que había heredado de sus familiares de Durango y se aficionó a la música de Misfits, Minor Threat y The Ramones. Esta afición abrió más la brecha entre Nuco y el mundo de las pandillas. Tener el pelo largo y llevar un vestuario con destellos del movimiento hippie de fines de los sesenta, contrastaba con el pelo a rape y los pantalones baggies de los pandilleros de La Villita, hecho que le generó problemas.
—En mi cuadra me insultaban los Two Six, y en el camino a la escuela a veces me correteaban los Latin Kings.
Estas agresiones lo obligaron a estudiar su último año escolar en la Jones High School.
Ahí Nuco se concentró en el área de Business. A la par, fue aprendiendo a tocar el bajo eléctrico de manera autodidacta y hasta formó una banda con otros amigos. Nos dice que fue determinante asistir en 1993 a un concierto de Los Krudos, pues de inmediato lo sedujo no sólo la corriente punk del grupo sino sobre todo el carácter político de sus canciones.
—Cantaban en español y sus letras estaban cargadas de rebeldía social.
A mediados de los noventa, Nuco solicitó su ingreso al Columbia College. Pero como sus padres ganaban suficiente dinero, el gobierno le negó cualquier tipo de ayuda. La única alternativa era que sus padres lo apoyaran con el pago de la colegiatura, pero para la familia Villanueva era más importante que Nuco empezara a trabajar. Así que pronto solicitó un puesto en la florería City Garden.
La actitud de los padres de Nuco no es la excepción sino la norma en las familias inmigrantes mexicanas. Hasta mediados de los ochenta el inmigrante que venía a Estados Unidos en su gran mayoría no había terminado su educación primaria. Hay que considerar que el inmigrante deja su tierra para irse a trabajar. Desde su visión, en el trabajo está el progreso, no en el estudio.
A través de Los Krudos, Nuco llegó a Calles y Sueños, donde conocería al activista cultural José David Quiñónez:
—Fue la segunda persona que me influyó: me prestaba libros de arte y por él conocí a los pintores de la comunidad.
En el centro cultural Calles y Sueños entraría en contacto con la obra visual de Marcos Raya, Miguel Cortez, Héctor Duarte… Y el salto de la pintura al tatuaje lo daría gracias a su primo Horacio, quien había estado en prisión y había aprendido a construir máquinas de tatuar. Como Horacio no sabía dibujar, le pidió a su primo que le grabara una flor en el hombro usando tinta china. Pero antes de tatuar a su primo, Nuco se grabó a la altura del tobillo una máscara de la comedia griega. Esa máscara le quedó tan bien que poco a poco sus amigos y conocidos le pidieron que les grabara en su piel imágenes del mundo precolombino, calaveras y figuras fantásticas. Nos cuenta Nuco que tiempo después fue a grabarse un tatuaje con un profesional y se dio cuenta que él podía vivir de eso.
Hoy en día Nuco no solamente tatúa a sus clientes, sino también a los personajes de su obra.
Raúl Dorantes y Febronio Zatarain son co-autores de Y nos vinimos de mojados….
Este artículo fue publicado originalmente en Contratiempo, en su número de enero 2011
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