El festival YO SOLO: un monólogo a seis voces
Raúl Dorantes
Published: July 31, 2012
There will come a time we can manage
without the arts; then beauty will have
matured into a more tangible reality.
—Piet Mondrian
Tras haber visto los seis monólogos del festival YO SOLO, no pude sino recordar estas dos oraciones escritas por Mondrian; el pintor holandés parece recordarnos que el artista —como la estrella que agota su ración de helio— deberá darlo todo para que en un momento pueda extinguirse. En consecuencia, las labores del artista tendrán como objetivo que la belleza esté presente no sólo en cada uno de sus propios actos, sino en cada acto del ser humano. Entonces, y sólo entonces, el artista, en su actitud suicida, será innecesario.
Tal vez nunca en nuestro cacho de vida llegue ese momento. Pues basta echar una mirada alrededor para comprender que es remoto el tiempo en que este mundo sea habitado por individuos buscadores de lo bello. Como sociedad —hija del shopping mall y del microwave—, tendemos cada vez más a meter los pies en el barro de lo funcional, en el légamo de lo que materialmente proporciona algo. No queda más que aceptar que el pintor y el cineasta continuarán enseñándonos a ver desde lo más cotidiano hasta el más lejano astro. El músico y el poeta habrán de mostrarnos cómo escuchar mejor los silencios y las armonías. La bailarina y el actor nos dirán cómo movernos con gracia y quietud entre las cosas.

El artista vive no sin dolor cada parte del proceso creativo, y al final del mismo —como en el parto de los montes— surge un cuento o una pintura, un corto fílmico o una pieza musical. Después, el producto de ese proceso creativo pega un salto y acaso toca una subjetividad entre los pocos o muchos de la audiencia. Si los saltos se multiplican, el conjunto de subjetividades empezará a ubicar a ese cuento o a esa pieza musical en los terrenos del arte.
La ausencia de saltos es señal de que la comunicación quedó truncada: no hubo un puente entre el artista y su receptor. Dar esos saltos —crear el cúmulo de puentes— es una labor que corresponde mayormente al artista de cualquier parte del orbe.
Asumir el título de “artista latino” en los Estados Unidos implica construir puentes que toquen antes que nada la sensibilidad de la comunidad latina (anglo o hispanoparlante); de ahí la selección de temas y la forma de abordarlos. Por supuesto que esos puentes se pueden extender y tocar a los miembros de otras comunidades. Pero, creo yo, no se puede ser desleal al primer anclaje.
El grueso de la comunidad hispana de Chicago llegó de México, del Caribe, de Centroamérica o de otro país del Sur. Se ha venido en busca de lo fundamental: el pan diario, el mismo pan que, según Gabriela Mistral, “se ha comido en todos los climas/el mismo pan en cien hermanos”.
Con el tiempo (no mucho, acaso un par de años) ese pan fundamental cede y caemos en lo práctico, luego en lo funcional y finalmente en la terrible alienación. Esta última nos impide ver para qué sirve el trabajo, cuál es el objetivo de la educación y cuál es el papel del arte. El dinero —ese disco de metal o la otra maderita verde— adquiere más relevancia que los motivos del trabajo (generar el pan, un techo, dos zapatos), de la educación (el conocimiento de sí mismo) y del arte (llenar de belleza cada uno de nuestros actos).
Lisandra Tena
(c)Saverio Truglia
¿Cómo distinguir esa línea en que los inmigrantes (o nuestros hijos) pasamos de la actitud saludable a la actitud enajenada? Decía Ernesto Sábato que en el siglo XIX había enfermos de lepra y que en nuestros días ya no hay lepra pero que abundan los psicoanalistas o los psicoterapeutas. Tenía razón Sábato, en la lepra enfrentamos a un cuerpo enfermo, pero siempre hay la posibilidad de un espíritu grande; en las enfermedades que abundan en nuestros días se reduce significativamente dicha posibilidad.
Para el mal de la enajenación, uno de los remedios más visibles es el arte, ya sea en su fase de producción o de contemplación. En tanto la sociedad no se apropie de la belleza como un valor cotidiano —y siempre partiendo de la premisa de Mondrian— el artista deberá tender a la actitud total, es decir, a llevar su sensibilidad más allá, limpiar de maleza y de yuyos el terreno, para que los bípedos sin plumas contemplemos que lo esencial está en las cosas simples.
Acaso el mayor dilema que enfrentan los artistas latinos de Chicago, sea el optar por la tradición o por una actitud de ruptura. Nos atrae la tradición como al campesino lo llama la tierra, y en muchas ocasiones queremos preservar el guapango o el mural, la bachata o el tango tal como se conocían desde Santo Domingo, Buenos Aires o Veracruz.
Febronio Zatarain
(c)Saverio Truglia
Ese dilema también tiene una tercera opción: la conciliación de la tradición y la ruptura. Lo cierto es que tanto en la tradición y la ruptura como en la conciliación de ambos, prevalece la necesidad de crear el puente que habrá de conectar al autor con su audiencia a través de la poesía, el performance y la instalación.
Cada monólogo del festival YO SOLO está representado por el autor o la autora, y cuenta con un director. Cabe señalar que los seis trabajos tienden a la autobiografía y al repaso del entorno cultural, al choque de las generaciones y a la historia de una región. Seis monólogos: tres mujeres y tres hombres, cuatro en inglés, dos en español, en todos presente el switch coding.
Güera, de Lisandra Tena, se vuelve interactivo al transformar a la audiencia en comensales de un restaurante. La palabra que mejor podría definir el tema de este monólogo sería “identidad”: encuentros y desencuentros con el padre y la madre, con sus dos idiomas y sus dos mundos, con la cultura del gringo y del mexicano paisa. No es casual que a lo largo del monólogo nuestra protagonista sólo tenga la mitad de la cara maquillada, y culmine la obra como declarando una tregua entre las dos mitades de su ser al ponerse rímel y lápiz labial en la parte faltante de la cara.
La risa de Dios, de Febronio Zatarain, indica desde el título mismo que se trata de una risa irónica y desigual: al personaje se le pierde el sur al tomar el tren, se mete a sí mismo a una lavadora para limpiarse las manchas de un amor perdido y desea finalmente invitarle una cerveza al torturador divino. Del trabajo de Zatarain se rescatan los textos, sobre todo los que tienen que ver con los vaivenes autobiográficos.
Rey Andújar
(c)Saverio Truglia
Antípoda, de Rey Andújar, va del cuerpo al cuerpo. El actor siempre se encuentra en la postura de un felino a punto de dar el salto. El tiempo del performance va del ritual genésico a las referencias de la historia dominicana, del reclamo a la comercialización de la imagen del Ché a la tragedia de los inmigrantes que tienen que cruzar el canal de la Mona. Y surgen dos preguntas: ¿qué hacer para que los brazos y el torso del actor se vuelvan el cuerpo de todos? ¿Cómo lograr que el desprendimiento de la bolsa genésica se convierta en el doloroso nacimiento de todos?
Sandra Delgado
(c)Saverio Truglia
Sandra Delgado, con su para Graciela, parece confirmarnos que la nostalgia es inherente al carácter del inmigrante. No sólo le rinde tributo a su madre sino que, haciendo uso del bolero y de otros géneros musicales, va recreando una época de cierto pueblo de Colombia. Se busca hacer las paces con una década crucial y, desde luego, con Graciela.
En Empanada for a Dream, Juan Francisco Villa logra alcanzar un balance entre un texto cotidiano (y poderoso) y el rigor de la actuación. La trama deambula entre una tragedia familiar y otra: sus cuatro tíos han muerto violentamente antes de llegar a los treinta y tres años. El personaje se encuentra a unos días de cruzar la prueba de fuego y de llegar a la edad de Jesús: los 33: la cifra de la muerte del colombiano que se convierte en neoyorquino. Es un performance descarnado, en el mejor sentido de la palabra. Si Piet Mondrian nos pide darle una estética hasta los actos más horrorosos e inhumanos, sin duda el arte se hizo en la puesta de escena de Juan Francisco Villa.
Juan Francisco Villa
(c)Saverio Truglia
Con la vitalidad de una cuentacuentos, KJ Sanchez nos presenta en Highway 47 una de las problemáticas mayores del campesino y el ganadero de nuestros días, de esos hombres apegados a la tierra: ¿Qué hacer frente a la llamada “modernidad”, que se extiende como pulpo a cada rincón del planeta? ¿Ha valido la pena transformar la propiedad colectiva de la tierra en una corporación con su debida cuota de accionistas? Sanchez (la falta de acento también es identidad) nos lleva por la guerra legal que tuvo que atravesar el pueblo de Tome, Nuevo México, a lo largo de varios lustros. La postura ante la nueva institución legal (the corporation) provoca una lucha despiadada entre las familias que a lo largo de 300 años habían hecho del valle la propiedad comunal. Lo colectivo (que es incanjeable) frente a lo individual (que se representa por la ganancia). Además del uso efectivo de lo multimedia, Sanchez toca la piel al revelarnos con tal franqueza la forma en que su padre —presidente durante varios años de la corporación—, se vuelve el centro del divisionismo entre los habitantes de Tome.
Esperamos las nuevas ediciones de YO SOLO, que un día llegue este festival a cruzar los 33.
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